Tras las largas jornadas errando en medio del tránsito, acudo al desinteresado juicio del papel, me desnudo ante él y me muestro tal cual soy, así, sin más...
7/27/2012
Sin pañuelos ni hombros.
Miro la miseria de mi alrededor y lo que aquello manifiesta en mí, las lagunas que desean decaer por las grietas leves de mis mejillas redondeadas, son tragadas por mis ojos, apuñandolas para aquel instante en el que sólo el silencio pueda oirme. No quiero que nadie me cuestione, que nadie me toque, porque nadie va a entender mejor que uno mismo, lo que en el alma se imprime. Solo necesito un espacio, un pequeño rincón en donde yacer después de cada tarde agotadora por los incontables pensamientos respecto a los demás que había que reprimir por una cuestión de tolerancia o simplemente, para evitarse desencadenar un mal rato que me sobrecargará aún más, o en las noches ruidosas y friolentas, pero nada más estar ahí, escuchando y sintiendo a la vez, mi propio palpitar del corazón. Sentirme, escucharme, permitirme que cada diminuta sensación crezca libremente dentro de mí, tal y como debe fluir, sin oir ningún reproche, ni gesto de compasión, ni lástima ni mucho menos consuelo...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario