Las horas se hacían humo en la soledad, en el vacío...
No había lugar para sentarse y sonreír por algún recuerdo, francamente, no habían recuerdos por lo cuales sonreír, ni siquiera algo que inspirara una sonrisa.
Tantos días caminé kilómetros mirando mi corazón, leyendo en él latidos de espera...
Había una esperanza que con cada cielo nublado, se opacaba... así como un rostro pálido de un infeliz. Pero en algún rincón, casi imperceptible, había algo... quizá causado por la necesidad, por el querer, por la sed.
Cuántos años sentí un frío desgarrador, sin hallar abrigo, fue durante tanto tiempo, que mi mente llora junto a mis ojos al volver la vista al pasado, y mis oídos cantan sordos cada vez que mis labios lo pronuncian...
Dentro de mí, sólo yacían árboles que despojaban sus hojas tristes, lloronas, cansadas, sin entender el sentido de su existencia. Había abismo donde nunca imaginé que el agua podía hacer germinar frutos -Sabes el nombre de esa agua?- su nombre es Amor.
Agua que humedeció la raíz del árbol hasta recorrer las ramas que pronto asomaron frutos, frutos de los más ricos, de los que el sabor conquista el gusto hasta enamorar el alma. -Sabes cómo se llaman esos frutos?- sueños y metas.
Y tú, un río poseedor de esa agua bendita, que me devolvió esperanzas cuando ya decaían en sí mismas, esperanzas que retomaron aliento en el reencuentro de dos miradas hacia un mismo camino, hacia un mismo sendero...
Nada más espero, que esa agua nunca se agote en mi sed.
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